Ella. Impaciente. Intranquila.
No entendía porque seguía en ese lugar deshabitado, con los pies congelados y las manos húmedas y tiritonas de tanto usar el teclado.
Prolongar las horas.
Malgastarlas.
Esperaba.
Algo de mí la entendía.
Recuerdo que cada vez al pasar frente a una tienda de accesorios, en especial aros, yo quedaba embobada mirandolos e instantaneamente quería un par. Y lo compraba. Y era feliz en ese momento. Sólo en ese momento. Luego los colocaba en un lugar especial de mi dormitorio, y ellos como niños esperaban ser elegidos para alguna salida extraordinaria en el caótico mundo de los humanos.
Seguía esperando.
Sólo quedaban pocos segundos para la partida.
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