28 abr 2010

Mi rol como mediador de lectura


A lo largo de nuestra vida, desde que tenemos noción del mundo hasta que dejamos de existir, creamos un camino que llamaremos camino lector. No es un camino fácil, ni mucho menos plano, pues en el acumulamos historias de valientes soldados, duendes, hadas, príncipes, noticias, colores, sabores y formas que desde pequeños nos llaman la atención y nos invitan a jugar, inventando mundos posibles de fantasía. Así nuestro mundo se enriquece. Para que esto sea posible es necesario contar con espacios de acercamiento al texto y con cierta disponibilidad por parte del lector. “Estas construcciones, estos espacios, resultan siempre fortalecidos a través del juego con las palabras y la mayor variedad de prácticas realizadas con ellas” (1). Es aquí donde cabe mencionar la importancia del mediador de lectura. Ese lector o personaje que nos transmite el gusto por la lectura.

En base a mi experiencia puedo decir que la primera persona que produjo mi primer encuentro con un libro fue mi madre. Mi casa siempre estuvo habitada por libros de cuentos, difícilmente me convertiría en una niña sumida en el letargo esperando el momento adecuado para despertar y continuar en el camino. Siempre tuve la curiosidad de buscar e investigar en aquellos textos, a lo único que podía acceder con 4 años era a las ilustraciones, pero ellas ya decían algo, transmitían ese mundo del cual yo quería ser participe, convertirme en un hada o en un ser mítico lleno de aventuras.

Recuerdo cada noche, antes de dormir, “las historias de Caperucita Roja”, ¿y por qué las historias de Caperucita Roja? Muy sencillo. Mi madre cada noche cambiaba el final de la historia. A pesar que pudo haber sido perjudicial, para mi se convirtió en algo maravilloso; ello logró implantar en mis cortos años, el lector activo, que luchaba por saber cada día el desenlace de la historia. Así fue durante años. Y como mediadora me encargaré de transmitirlo de generación en generación. Quiero que mis hijos sientan el mismo fervor y entusiasmo cuando me disponga a leerles un libro o a contarles una historia. Sus caras llenas de risa y asombro esperando una escena o un personaje quizás. El mediador juega un papel importante en los primeros años de vida. Nos marca profundamente. Es nuestra primera experiencia donde en lo posible se trata de hacerla lo más agradable y encantadora. Nada puede resultar mal. Nada puede acabar con el entusiasmo de un niño pequeño pidiendo que le cuentes otra historia o te haga sentir dentro de ella.

Luego ingresé a la escuela, donde se agregó otro mediador: la figura del profesor, ese ser que admiramos y alguna vez en la vida deseamos ser como él. Mis profesores siempre fueron buenos mediadores, al menos los de básica. Llegando a la Enseñanza Media el camino se complica un poco, pues la rigidez del currículum no permite a veces ciertas modificaciones que resultarían grandiosas en cuanto a la enseñanza y aprendizaje de los estudiantes. En muchas ocasiones tuve que leer por obligación, suceso que provocaba un rechazo de mi parte hacia los textos.

En ese momento la gran mayoría piensa en abandonar la lectura, saliendo de allí el porcentaje que se declara “no lector”. Pero es allí donde debe enfocarse el mediador. El profesor por su parte (y me incluyó yo, como futura docente) está en el deber de tocar la fibra creativa que lo caracteriza y proponer nuevas didácticas que resulten novedosas y atrayentes para los estudiantes: diarios murales, talleres de escritura creativa, títeres, semanas de la lectura, y si queremos ir más allá, cambiar las formas de evaluación. En lo particular, creo que las formas de evaluación actuales pecan de arcaicos, ya que la mentalidad de las nuevas generaciones es muy distinta a las de épocas pasadas. Además siempre debemos tener como objetivo desarrollar el potencial de cada estudiante, ya sea artístico o científico, por lo tanto las metodologías también necesitan un cambio.

Al conversar con amigos y compañeros siempre coincidimos en lo tediosas y aburridas que resultaban las pruebas de los libros. Peguntas clásicas y explícitas que no promovían un interés mayor por indagar, reflexionar y resolver las interrogantes que surgían de la lectura, a veces acuciosa, otras no tanto, del texto. Bastaba con colocar el título en algún buscador de Internet, seleccionar un resumen y asunto arreglado. Justamente es esto lo que debemos cambiar nosotros, como futuros responsables de la educación. Nuestras experiencias (buenas y también malas, de lo malo se aprende también) y en vista de nuestro rol social, apuntando siempre al papel de actores sociales ejerciendo un modelo para nuestros alumnos, deben ser transmitidas y pasar a ser la clave y servir como apoyo para sus futuras experiencias con la lectura.

Como bien lo menciona Graciela Montes en su documento “Lo primero que puede hacer un maestro que quiere “enseñar a leer” es crear la ocasión, un tiempo y un espacio propicios, un estado de ánimo y también una especie de comunión de lectura” (2). Sin duda es lo primero a lo que debemos aspirar.

Los tiempos y espacios son olvidados a medida que crecemos. Olvidamos darnos un tiempo porque tenemos cosas más importantes que hacer. ¿Y acaso los textos no son importantes? Pues claro que sí. Pero como también lo especifica la cita, el estado de ánimo es un factor que puede jugarnos la mayoría de las veces en contra. Estamos cansados, deprimidos, dormidos o aburridos. ¿Cómo saber que allí esta la entretención o solución a aquella pregunta que ronda nuestra mente por días? En nosotros esta la llave para abrir el mundo de lo que vemos tan lejano pero en el fondo esta más cerca de lo que creemos.


Fuentes:


(1) Devetach, Laura. 2008. La construcción del camino lector. Córdoba: Ed. Comunicarte. Pág. 20.

(2) Montes, Graciela. 2004. La gran ocasión: La escuela como sociedad de lectura. Plan Nacional de Lectura. Pág. 6.

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